Madrid no es la ciudad gris que sueña el PP

Desde el Ayuntamiento socialista de Madrid, se promovió desde los primeros pasos democráticos tras la Transición una ciudad llena de vida, rebosante de bullicio. Se recuperó la plaza del 2 de Mayo como espacio para la reivindicación de la libertad, muchos pubs de la época son hoy referencia histórica del ocio nocturno y la inercia conseguida durante los 80 convirtió a esta ciudad en cuna de la posmodernidad incluso avanzada la década de los 90.
Sin embargo, tras ganar las elecciones municipales, el PP puso la máquina partidaria a funcionar para hacer de la ciudad una imagen propia. La inercia heredada era demasiado fuerte como para detenerla de un frenazo, pero sí que aprovecharon para no sólo instalarse en los centros de poder político, sino en desarrollar todo un entramado de clientelismo social en movimientos vecinales, asociaciones y demás. Pasado un tiempo, con la mayoría absoluta también en las Cortes Generales, pudieron desplegar la máquina gris, esa que convierte todo en uniforme, triste y sin brío, a lo largo y ancho de España sin mayor problema.
En Madrid, particularmente, primero eliminaron las fiestas de la plaza del 2 de Mayo, porque no pueden remediar que les chirríe la rebeldía frente al franquismo que representaba. Prefieren entender la fiesta como algo añejo y caduco con las representaciones goyescas o como mero negocio (recordemos que cuando los comerciantes de la zona retomaron el testigo abandonado por el Ayuntamiento, éste aprovechó para llenarles la plaza con chiringuitos cobrando unos alquileres estupendos por una fiesta que habían boicoteado).
Después, Ana Botella tuvo la ocurrencia de sacar las fiestas del Orgullo LGTB del barrio de Chueca, como si tuviera algún sentido desgajar esta celebración del barrio que la vio nacer y que le da sentido. Pretendía pretendía crear una suerte de festival veraniego vete a saber donde, pero fuera de la ciudad. La idea no duró ni un día por ridícula y por ignora que estos festivales veraniegos están en pleno retroceso por sobresaturación (Summercase y Saturday Night Fiber han desaparecido, el Festimad ha vuelto a sus orígenes modestos y menos internacionales…). Que haya desistido de la idea no significa que vaya a abandonarla y fijo que en los próximos meses veremos intentos de cercenar la fiesta bajo la excusa de compatibilizarla con la vida ordinaria de vecinos y vecinas. No nos engañemos: las normas que hay ya son suficientes para este tipo de fiestas, pero hay que cumplirlas y punto.
Lo último ha sido suprimir las fiestas de Chamberí. Un nuevo paso hacia su deseado Madrid gris, donde no quepa más que el bullicio nacionalcatólico de las procesiones de Semana Santa, donde las calles se colapsen tan sólo por su inutilidad en la gestión del tráfico o por las cabalgatas de Reyes Magos con regalos o de Príncipes de Asturias casamenteros, donde las asociaciones sólo se pongan de acuerdo en aplaudir las nefastas decisiones de alcalde y concejales pero que no se indignen ante los atropellos a la derechos ciudadanos y prestaciones sociales, donde las fiestas no incluya ninguna música anterior al siglo XIX
Y uno mira hacia atrás, hacia ese Madrid socialista de sangre roja en las venas, hervidero de ideas positivas, trabajador pero festivo (porque si algo sabemos en España es que ambos conceptos no están para nada reñidos) y se rebela ante el tono apagado que insiste en dibujarle el PP.
Así que, frente al Madrid gris de Gallardón, Botella y compañía, defendamos la alegría.
Mañana sábado, 18 de julio, a las 12h30 debemos inundar la Plaza de Olavide para demostrar que continuamos siendo muchos y muchas quienes exigimos que no se pierdan las fiestas en esta ciudad.
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